Alzheimer – Etiopatogenia

IMPORTANTE OBSERVACIÓN

El estudio neuroanatómico de la enfermedad de Alzheimer ha sido obtenido de la prestigiosa obra de Anatomía de Latarjet-Ruiz Liard, de reconocida fama mundial.
En dicho estudio se comprueba la perfecta conexión nerviosa que existe entre los órganos genitales y el encéfalo.

ÍNDICE

Breve introducción. Palabras clave
Estudio clínico
Hormonas hipofisiarias
Centros vegetativos del sistema nervioso central
Hipófisis
Hipotálamo
Hipocampo
Parasimpático
Método, teoría y pruebas
Teoría electrohormonal
Razonamientos
Conjeturas
Fundamentos científicos finales
Figuras
Bibliografía

BREVE INTRODUCCIÓN. PALABRAS CLAVE

Toda investigación científica presenta siempre no pocas y muy complicadas dificultades para la consecución del fin propuesto. La enfermedad de Alzheimer y la del cáncer, por ejemplo, tienen en común una parecida etiopatogenia. Se trata de nuestra corriente eléctrica. La electricidad en el cáncer actúa en exceso y en la enfermedad de Alzheimer, por defecto. Pero siempre la electricidad, que en el caso de dicha enfermedad, la pérdida de actividad nerviosa va asociada a la ausencia hormonal.
¿Por qué creemos y postulamos que la ausencia hormonal y de electricidad son las causas principales de dicha enfermedad? Nos basamos esencialmente en dos pruebas: en primer lugar, se ha demostrado suficientemente que, aplicando el electroshock, la corriente eléctrica que se le envía al cerebro produce una positiva reacción de sus células, notándose en el enfermo una transitoria mejoría. Aquí se demuestra que a las células del cerebro no les llega la electricidad ni la acetilcolina, como más adelante veremos. La segunda prueba consiste en la disminución de la producción hormonal de la hipófisis y del hipotálamo al no recibir electricidad alguna. También cesa la actividad del parasimpático.
Una hemorragia en el cerebro provoca inevitablemente la pérdida de energía eléctrica en las extremidades afectadas. La ausencia de la electricidad hace que desaparezcan las energías mecánicas y químicas. Sospechamos con suficiente fundamento clínico, que este mismo proceso patológico se puede producir también en los centros vegetativos del sistema nervioso central.
Con la avanzada edad, inevitablemente se pueden producir muy serios trastornos funcionales y endocrinos, como trataremos de demostrar en este delicado y complicado estudio de investigación.
En la edad de la pubertad y aún más en la senectud, puede producirse inicialmente una atrofia celular de las glándulas endocrinas, lo que da lugar a que se produzca una disfunción del sistema nervioso parasimpático de forma progresiva. Al producirse esta anomalía nerviosa, sistemáticamente deja de producirse la acetilcolina por la muerte de las mitocondrias. Al faltar la actividad del parasimpático, se produce también la atrofia o inhibición de las células musculares de los órganos genitales y del túbulo urinario. El hipocampo queda también muy afectado. Más adelante veremos cómo la inactividad del parasimpático puede radicar en el atrofiamiento de las células normales de los parénquimas ováricos y testiculares.
En este trabajo de investigación, el proceso de la enfermedad de Alzheimer lo describimos resumiéndolo en estas cuatro fases: 1º) Dónde, cómo y por qué se produce la iniciación de la enfermedad; 2º) evolución; 3º) formación, y 4º) expansión.

PALABRAS CLAVE
Edad, hormonas, sistema nervioso, parasimpático, órganos genitales, hipófisis, hipotálamo, hipocampo.

ESTUDIO CLÍNICO

Es normal que en la edad adulta y en la senectud, aparezcan determinadas enfermedades; y no están exentas las de origen nervioso y hormonal. Actualmente se admite que las hormonas que se venían atribuyendo al lóbulo posterior de la hipófisis son elaboradas en ciertos puntos hipotalámicos. La hipófisis y el hipotálamo constituyen la parte esencial de los centros vegetativos del sistema nervioso central. A estas pequeñas glándulas endocrinas les dedicaremos nuestra máxima atención, así como al parasimpático.
Las hormonas son sustancias químicas que actúan como elementos catalizadores. Estas sustancias, en unión de mecanismos nerviosos, ejercen las distintas funciones, subordinándolas a las necesidades del organismo en su conjunto.
Al sistema nervioso del cerebro siempre le acompaña la acetilcolina. Esta hormona es elaborada por las mitocondrias, lo mismo que el ATP. Si no hay electricidad, las mitocondrias no pueden producir el ATP ni la acetilcolina. Existiendo corriente nerviosa no deja de generarse la acetilcolina, ni otras hormonas producidas por el hipotálamo y la hipófisis. Si se interrumpe la conducción nerviosa no pueden efectuarse acciones químicas. Por ello, le dedicamos al sistema nervioso una importante prioridad en la investigación sobre el origen de la enfermedad de Alzheimer.
La acetilcolina se encuentra también en otras partes orgánicas, aparte del sistema nervioso. Dicha hormona hace la función de mediador químico en la propagación del impulso nervioso desde las terminaciones parasimpáticas al órgano efector.1,3 Esta hormona puede modificar la conducción central, facilitándola en algunos casos y deprimiéndola en otros.1 Normalmente tiene efectos excitables en el parasimpático. También se forma en el cerebro, debido a un proceso enzimático.1 Es un proceso intracelular, íntimamente ligado a la producción del impulso nervioso en el que interviene un neuro-fermento: la colinacetilasa.1
Existe relación cuantitativa entre la intensidad de la descarga nerviosa y el metabolismo de la acetilcolina.1 Se trata, pues, de un largo proceso electroquímico. Está demostrado que al cesar la actividad nerviosa (eléctrica) se reduce bruscamente la formación de la acetilcolina y del material portador.1 Este fenómeno sucede en la enfermedad de Alzheimer.
Otra hormona no glandular, la serotonina o 5-hidroxitriptamina, es considerada como una hormona más del sistema nervioso, desempeñando la función de transmisor químico de las neuronas.1 Como la acetilcolina, la serotonina deja de actuar cuando cesa la actividad eléctrica.
La hipófisis produce un crecido número de factores hormonales. Todas las glándulas endocrinas obedecen al rectorado de la hipófisis. ¿Puede esta glándula ejercer su jerarquía sin la presencia eléctrica? Seguro que no. ¿Por qué aumenta su actividad coincidiendo con un aumento de la intensidad eléctrica? Este mecanismo electroquímico es similar al que se produce con las células malignas del cáncer. Estas actúan con mayor rapidez cuando existen mayores intensidades eléctricas.4
Para demostrar una determinada investigación científica, es necesario encontrar un encadenamiento de hechos que se relacionan entre sí, desde el primer al último eslabón; y que la causa de estos fenómenos sea la misma. La causa es confirmada cuando, al desaparecer, quedan automáticamente eliminados los distintos efectos que de ella dependen.
Como se sabe, cada glándula endocrina posee mecanismos peculiares para regular la existencia de una secreción basal, por lo general constante. Esta secreción, en determinadas circunstancias, puede aumentar o disminuir ante estímulos químicos o nerviosos,1 especialmente de estos últimos.
El sistema nervioso actúa también como regulador endocrino.1,3 Determinados territorios hipotalámicos regulan la secreción hormonal hipofisiaria, gracias al normal funcionamiento de la electricidad que reciben. Cuando el hipotálamo no recibe corriente eléctrica, el sistema hormonal sufre una grave alteración funcional. En estas condiciones, todas las glándulas endocrinas quedan seriamente afectadas por falta de actividad neuroquímica de la hipófisis.
Por otra parte, la carencia de electricidad en el tálamo repercute también en las células del cerebro. Por esta causa, las células se van atrofiando lenta y progresivamente. El cerebro va perdiendo volumen y peso. El peso normal del cerebro en el hombre es de 1200 gramos, y el de la mujer de 1000 gramos. En estas condiciones electroquímicas, al cerebro le sucede lo mismo que a las extremidades del parapléjico: estas quedan paralizadas al no recibir corriente eléctrica suficiente para poder mantener con normalidad su habitual energía mecánica y química. Como vemos, sin electricidad no puede haber actividad química ni mecánica. Así pues, se demuestra que la unidad funcional en el organismo se mantiene a merced de dos grandes mecanismos: el hormonal y el nervioso (eléctrico).1
Por ejemplo, las hormonas vertidas en la sangre se diluyen o se transforman, confiriendo a los plasmas cualidades particulares ante las cuales el sistema nervioso reacciona de un modo particular.1 Y estas reacciones nerviosas son las que, descargándose en los efectores, originan las características respuestas fisiológicas.1 Pero siempre, como vemos, por mandato eléctrico. Todas las glándulas endocrinas poseen una doble innervación motora: la parasimpática y simpática. El mandato eléctrico en dichas glándulas es riguroso y a la vez bien regulado.1
En tal sentido, la hipófisis ofrece una particularidad: los demás órganos endocrinos reciben filetes postganglionares (simpáticos), emanados del ganglio cervical superior; pero, además, tiene otra inervación no venida de un ganglio periférico, sino directamente de neuronas vegetativas hipotalámicas.1,3
Así pues, hipófisis e hipotálamo, constituyen el primer eslabón de la cadena. El segundo eslabón lo forma la disfunción de todas las glándulas endocrinas. Y el tercer eslabón corresponde a los múltiples efectos patológicos emanados del amplio sistema endocrino. Estos afectan al sistema neurovegetativo y al sistema nervioso central, especialmente al cerebro. Todos estos eslabones rigurosamente encadenados, son producidos por la atrofia o inhibición de las células de los parénquimas ováricos y testiculares como consecuencia de la avanzada edad. Como más adelante veremos, estos eslabones (efectos) dependen de una misma causa: el parasimpático.
Aportamos una prueba más: “Los centros de inervación de las glándulas incretoras entran en juego por impulsos aferentes muy diversos; pero su actividad se despierta también por la acción directa de hormonas, mostrando una vez más la citada influencia mútua que se establece entre los órganos endocrinos descritos y el sistema parasimpático”.
Es posible (así lo creemos) que la causa de la ausencia eléctrica en la hipófisis y en el hipotálamo, radique en el siguiente fenómeno: como se sabe, “las células normales y las nerviosas están encargadas de nutrir a los nervios motores; si dichas células se inhiben o se atrofian, los nervios afectados mueren”.2 Si esto fuese la causa de las disfunciones del hipotálamo y de la hipófisis, ¿qué factor o causas pueden provocar la inhibición o atrofiamiento de las células correspondientes a los centros vegetativos del SNC? ¿Por qué se produce el bloqueo eléctrico progresivo en dichos centros? Más adelante lo exponemos con el estudio de la teoría electrohormonal. En dicha teoría describimos y concretamos lo mejor que nos ha sido posible el mecanismo íntimo de la producción del Alzheimer, basado en distintas fases.
Pero antes, debemos recordar la decisiva importancia que tienen en dicha patología las hormonas hipofisiarias, de las que a continuación nos vamos a referir brevemente.

HORMONAS HIPOFISIARIAS

Son producidas en los lóbulos anterior y medio de la hipófisis. El lóbulo posterior es el reservorio de tales hormonas y un regulador de su paso a la sangre. La hipófisis está regulada y controlada por el hipotálamo. Pero hay muchos puntos interesantes que vamos a exponer de forma ordenada, teniendo como base a la central vegetativa, que está constituida por la neurohipófisis, el tronco cerebral (encefálico), el tálamo y el córtex.
Desde los trabajos de Machmansohn1 se sabe que la formación de la acetilcolina es un proceso intracelular íntimamente ligado al impulso nervioso.1 Como dicha hormona se produce en las mitocondrias, al cesar la actividad eléctrica (impulso nervioso), forzosamente dejan de producirla y también el ATP, que es vital para la actividad celular. Ante este panorama, ¿qué actividad podría ejercerse en los centros vegetativos del SNC sin el impulso eléctrico? De lo que se deduce que si el parasimpático carece del impulso eléctrico (nervioso) necesario, la acetilcolina no puede hacer acto de presencia en el cerebro. Y esto es precisamente lo que sucede en la enfermedad de Alzheimer, al no poder haber sido excitadas las mitocondrias.
A continuación vamos a efectuar un breve comentario sobre los centros vegetativos del tronco cerebral, por su importancia neurofisiológica en el proceso de la enfermedad de Alzheimer. Constituye una región de tránsito entre el vegetativo y el encéfalo.

CENTROS VEGETATIVOS DEL SISTEMA NERVIOSO CENTRAL

Corresponden al parasimpático.3 Regulan la actividad del músculo liso de las vísceras y glándulas de la cabeza, cuello, tórax y abdomen, hasta la flexura cólica izquierda del colon.3 A partir del colon, los elementos reciben las fibras nerviosas del parasimpático sacro.3
El tronco encefálico representa la zona de transición entre la médula, los hemisferios cerebelosos y el cerebro,3 y también constituye la vía de los influjos activadores del hipotálamo y del córtex cerebral, por intermedio del tálamo.3
Consideramos necesario especificar a continuación los centros vegetativos, no sólo los del tronco cerebral, sino también los centros vegetativos del diencéfalo y los centros vegetativos de la médula espinal, que intervienen en la enfermedad.
1. Centros vegetativos del diencéfalo. Comprende:
a) Centros talámicos.
b) Centros hipotalámicos. Están en la base del cráneo.
c) Centros corticales. Son discutidos, pero sin duda existen (Latarjet). 3
El diencéfalo vegetativo o central vegetativa se relaciona con el córtex (por intermedio del tálamo), con el tronco cerebral (encefálico) y con los elementos neuroendocrinos (neurohipófisis). Desde el punto de vista de la conducción eléctrica, le dedicamos al tálamo una especial atención.
2. Centros vegetativos del tronco encefálico.
Corresponden al parasimpático. Regulan la actividad del músculo liso de las vísceras y glándulas, etcétera, que acabamos de mencionar al referirnos a los centros vegetativos del tronco cerebral. Atención, pues, al parasimpático.
3. Centros vegetativos de la médula espinal
Son simpáticos o parasimpáticos. El sector central del simpático comprende los segmentos cervical, dorsal y lumbar. En la médula sacra, los centros vegetativos forman el parasimpático,3 al que le prestaremos la mayor atención posible.
A continuación, expondremos unos breves conceptos sobre distintas partes orgánicas que participan en dicha enfermedad. Lo iniciamos con la glándula hipofisiaria.

HIPÓFISIS

La hipófisis es un pequeño órgano neuroglandular situado en la cara inferior del cerebro en la fosa media de la base del cráneo. Es una glándula impar y mediana, conectada a la base del cerebro por el tallo pituitario (infundíbulo).3
Pesa 55 gramos aproximadamente. Anatómica y fisiológicamente se compone de dos lóbulos: uno posterior o nervioso y otro anterior o glandular. Ambos están separados por un lóbulo intermedio y unidos al cerebro por el infundíbulo (tallo pituitario).3
La glándula está contenida en la celda hipofisaria, cuyas paredes la separan de los órganos vecinos. Esta celda hipofisaria es osteofibrosa. La parte ósea es la silla turca que está excavada en la cara superior del esfenoides. La parte fibrosa constituye las paredes superior y laterales.3 El lóbulo anterior, glandular, recibe filetes nerviosos simpáticos, que siguen las vías de las arterias.3 El lóbulo posterior, nervioso, recibe fibras amielínicas que provienen del tallo pituitario y lo conectan al hipotálamo.3
De este modo, se establecería el mecanismo neurohomonal de regulación de la secreción del lóbulo posterior.
La hipófisis está conectada al hipotálamo, con el que forma un complejo anatómico y funcional.3 Las dos partes de la glándula tienen funciones direfentes: la adenohipófisis y la neurohipófisis. La adenohipófisis comanda la actividad de otras glándulas endocrinas: glándula tiroidea, glándulas genitales masculinas y femeninas, suprarrenales,3 etcétera. La neurohipófisis comanda la secreción urinaria y la contracción de las fibras musculares lisas. Todas estas partes orgánicas quedan afectadas en la enfermedad de Alzheimer. Es lógico.
Simultáneamente al envejecimiento de nuestro cuerpo, con frecuencia se producen determinadas disfunciones. Estas disfunciones afectan, además de la hipófisis, al hipotálamo, al que seguidamente dedicaremos un breve estudio.
HIPOTÁLAMO
El hipotálamo está constituido por un conjunto de núcleos y representa la parte más importante y alta del corredor celular vegetativo.3 Este se escalona a lo largo del SNC (neuroeje).3 Posee una acción endocrina esencial;3 centro regulador de las funciones metabólicas e instintivas,3 y también interviene en la liberación de hormonas hipofisiarias.3
Los centros hipotalámicos constituyen un conjunto de primordial importancia, el más importante de todos los centros vegetativos.3 Se disponen alrededor del III ventrículo. Dichos centros ocupan el núcleo mediano del tálamo. Además, existen numerosas células vegetativas en las regiones subtalámicas posterior y sublentiformes.3
Debemos recordar que los centros vegetativos se encuentran desde el diencéfalo (hipotálamo y tálamo) hasta la extremidad inferior de la médula (Fig. 4). Este dato neuroanatómico nos servirá para conducirnos a un mayor conocimiento y más facilidad de comprensión en todo cuanto concierne a la enfermedad de Alzheimer (EA). Dichos centros se encuentran concentrados en el conducto ependimario.3
Los centros hipotalámicos tienen especial repercusión en dicha enfermedad. Se puede concebir, por lo tanto, que el diencéfalo vegetativo representa la central vegetativa relacionada con el córtex3 (por intermedio del tálamo), con el tronco encefálico (bulbo raquídeo, puente de Varolio y pedúnculos cerebrales), los elementos neuroendocrinos y el cuerpo pineal (epífisis). (Fig. 4)
Todos estos elementos anatómicos que acabamos de describir, están encadenados y relacionados fisiológicamente unos con otros. Los efectos de la EA pueden alcanzar a todas estas partes orgánicas y, por sus conexiones, el diencéfalo vegetativo desempeña una actividad de coordinación sobre el conjunto de los centros subyacentes.3 Veamos: los centros vegetativos del tronco cerebral (encefálico) corresponden al parasimpático.3 Estos centros regulan la actividad del músculo liso de las vísceras y glándulas de la cabeza, del cuello, tórax y abdomen, hasta la flexura cólica izquierda del colon, a partir del cual, los elementos reciben fibras nerviosas del parasimpático sacro.3 (Fig. 2)
Está demostrado que existe una correlación de efectos entre el SNC y el neurovegetativo. Ello significa que el sistema nervioso vegetativo no debe llamarse autónomo, que, como se ve, su autonomía no existe.3 Esta evidente realidad neuroanatómica y funcional nos proporciona una nueva visión que nos invita a creer que la etiopatogenia de la EA radica esencialmente en el encéfalo, y más concretamente en el hipotálamo y en la hipófisis y su iniciación se efectúa en los órganos genitales a partir de una avanzada edad.
El hipotálamo se exterioriza en la cara inferior del cerebro. Está constituido por numerosos centros llamados infundibulotuberinos, y a través de sus núcleos laterales se conectan con un “polvo” de células vegetativas.3 Está constituido (volvemos a recordar) por un conjunto de núcleos que representan la parte más importante y más alta del corredor celular vegetativo.3 Este corredor celular se escalona a lo largo del SNC (neuroeje).3 (Fig.4) Posee una acción endocrina esencial: es el centro regulador de las funciones metabólicas e instintivas, y también interviene en la liberación de hormonas hipofisiarias.3
Hemos hecho un breve estudio neuroanatómico y neurofisiológico del hipotálamo para así comprender mejor su participación y responsabilidad en la producción de la enfermedad objeto de este estudio. Vemos, cómo está relacionado con una innumerable cantidad de células vegetativas.
El hipotálamo está conexionado con la hipófisis, que está encargada de secretar importantes y vitales hormonas. Estas son producidas y liberadas cuando la hipófisis es estimulada por mandato hipotalámico. La actividad endocrina, como puede apreciarse, es íntima entre estas dos glándulas encefálicas.
Llegado a este punto, nos vemos forzados a efectuar la siguiente pregunta: ¿Cómo y por qué se inicia la enfermedad de Alzheimer? La edad, el binomio hipófisis-hipotálamo y el sistema nervioso parasimpático constituyen los factores esenciales en los que nos fundamentamos para demostrar la causa-efecto. Y siguiendo con este planteamiento, a continuación expondremos un breve estudio neurofisiológico sobre el hipocampo, que constituye otro importante punto muy a tener en cuenta en la enfermedad de Alzheimer.
HIPOCAMPO
Es una eminencia que se extiende desde el agujero intraventricular hasta el extremo anterior del asta inferior del ventrículo lateral.3 De las células del hipocampo salen fibras que dan lugar a un sistema conocido como fórnix, que se conecta con el hipocampo del otro hemisferio.3 Es un componente funcional importante del sistema límbico, y en él, los impulsos olfatorios que llegan por las vías correspondientes se ponen en relación con los otros sentidos.3 El hipocampo estaría vinculado, sobre todo, con los procesos de la memoria reciente.3
La patología hipocámpica en la enfermedad de Alzheimer (EA), afecta a la memoria. El hipocampo de las personas fallecidas con la enfermedad ya avanzada, muestra una típica atrofia macroscópica extensa de los hemisferios cerebrales.16 El cerebro pesa normalmente 1.200 gramos en el hombre y 1.000 en la mujer. En la EA, el cerebro pierde peso y volumen; 1, 3,16 se debe a la falta de corriente electromotriz, dando lugar con ello a una reducción en la cantidad de sustancia blanca y gris.16 Se ha demostrado “in vivo” que la atrofia de la formación hipocámpica está asociada con la pérdida de memoria y el trastorno cognitivo.16 La investigación “post-mortem” del lóbulo temporal de los cerebros de pacientes con dicha enfermedad, ha revelado que la porción ventromedial está afectada intensamente por la neuropatología de la enfermedad.16
En el hipocampo se ha encontrado de forma notable la existencia de placas seniles, ovillos neurofrilares y las pérdidas neuronales.16 Muy lógico.
Todo este proceso que describimos, confirma la poderosa influencia que ejerce la patología neurohormonal iniciada en el seno del binomio hipotálamo-hipófisis. Por lo tanto, la patología hipocámpica se produce como consecuencia de otra patología, que es la del binomio que acabamos de citar, el cual ejerce una triple función: elaboración hormonal, almacenamiento y distribución por todo el organismo, según las necesidades.
“Se han conseguido microfotografías en las que aparecen numerosas neuritas en degeneración y abundante glía, filamentos pareados en hélice formando ovillos neurofibrilares en el citoplasma neuronal”.16 Dichos filamentos son precisamente los que constituyen el citoesqueleto del axón. Todas estas microfotografías demuestran la pérdida de corriente electromotriz, que va aumentando progresivamente hasta la muerte.
El desarrollo de la EA se ha demostrado como un proceso relacionado con la avanzada edad; y a mayor edad, más propensa es la persona a padecer la enfermedad. En tal sentido, y por lo que venimos exponiendo, el envejecimiento cerebral es como consecuencia de las disfunciones de los centros vegetativos del SNC.
Por lo tanto, el hipocampo, la hipófisis y el hipotálamo constituyen unos eslabones que están fuertemente unidos en una misma cadena, sin separarse uno de otro, Y sufren idéntica patología por una misma causa: la EDAD.
Como vemos, nos vamos aproximando al punto que consideramos, con suficiente fundamento, cuál es el lugar exacto donde radica la etiopatogenia de la enfermedad de Alzheimer, que ya creemos conocer. De aquí se derivan todos los efectos encuadrados en los muy variados y extensos cuadros clínicos que se han dado a conocer.
Es lógico que la pérdida sináptica se produzca al morir los nervios afectados por falta de trofismo. Las células de las que se venían nutriendo los nervios han ido envejeciendo lenta y progresivamente; la actividad neuroquímica sigue, por tanto, el mismo proceso; las hormonas tampoco aparecen. Es lógico.
Pero en todo este complicado proceso neuro-hormonal también forma parte, de manera muy especial, el sistema parasimpático, como veremos a continuación.
PARASIMPÁTICO
El parasimpático está íntimamente ligado al sistema nervioso central (SNC).3 Asegura la inervación de músculos lisos, de glándulas o de vísceras donde encuentra fibras simpáticas, de las que es antagonista.3 (Fig. 2).
Las vías que de él parten son casi todas motoras.3 Las vías parasimpáticas presentan dos orígenes: craneano, en el tronco cerebral, y espinal, en la médula sacra.3 Todas las vías tienen dos neuronas, como las vías del simpático.3
Hacemos esta breve descripción neuroanatómica para así reforzar la importancia que tiene el parasimpático desde el punto de vista funcional de los nervios parasimpáticos.
Parasimpático sacro (pelviano): Sus fibras preganglionares se originan en los centros sacros descritos por Laurelle.3 La acción de los nervios pelvianos (sacros) se ejerce sobre el sistema genital y urinario (Fig. 2 y 5). Esta relación neuroanatómica tiene su importancia para el conocimiento de la enfermedad de Alzheimer (EA), así como la sinapsis parasimpática.
La transmisión sináptica entre las neuronas preganglionares y posganglionares se efectúa mediante la acetilcolina, ya se trate del simpático o del parasimpático.1 La acetilcolina que acompaña siempre a esta transmisión, deja de actuar en la EA por no poder ser secretada por las mitocondrias. La transmisión química en el parasimpático se realiza también por mediación de la acetilcolina.1 De ello se desprende la importancia que tiene la ausencia de dicha hormona en la enfermedad de Alzheimer.
Pero, ¿por qué se produce la ausencia de esta importante hormona y la antidiurética (ADH)? ¿Por ausencia de la corriente nerviosa? ¿Por atrofia celular debido a la edad? Creemos que, por efecto de la avanzada edad, se puede producir un atrofiamiento o disfunción hormonal progresiva, tanto en el sistema genital como en el hipotálamo y en la hipófisis. Como las células de dichas regiones no pueden proporcionar a los nervios el trofismo que les es imprescindible para poder vivir, los nervios mueren.2 Los nervios sacros y los que inervan el encéfalo, al carecer de excitabilidad no puede haber conducción nerviosa. Y ya sabemos que sin conducción nerviosa (eléctrica) no pueden producirse acciones químicas.1
Esta hipótesis que acabamos de describir está basada esencialmente en varios ejemplos, entre los que destacamos el cese de la ovulación y la disminución progresiva de la producción del espermatozoide. Las células de Graaf y las de Leydig dejan de secretar progresivamente por razones de la edad. Y lo mismo que estas células se atrofian, ¿por qué no pueden atrofiarse también las células musculares normales por la misma causa?
Nos ha llamado poderosamente la atención el “doble origen del parasimpático”. Consideramos que la causa de la disfunción progresiva del parasimpático no es atribuible a sus correspondientes orígenes. Sólo podemos pensar y creer que el cese progresivo de la electricidad debe radicar en sus puntos diana, es decir, en el encéfalo por un lado y, por otro, en los órganos genitales. En ambas regiones se nutren los nervios. Si no hay trofismo, las células nerviosas mueren 2 y las acciones químicas, lógicamente, no pueden producirse.
Si esta hipótesis fuese cierta, preguntamos: ¿dónde se iniciaría el atrofiamiento celular? Pensamos que, por razones atribuidas a la edad, puede afectar a los dos orígenes del parasimpático. La verdad es que los primeros síntomas observados parten del encéfalo: el parasimpático queda muy seriamente afectado. Las mitocondrias, por no recibir electricidad, también desaparecen, y con ellas la acetilcolina.
A través de la necropsia, se ha podido demostrar la destrucción nerviosa en la masa encefálica.16 Los nervios han muerto.

MÉTODO, TEORÍA Y PRUEBAS

Hemos considerado necesario, por imprescindible, exponer (lo más detalladamente que nos ha sido posible) unos conceptos neuroanatómicos y neurofisiológicos, para intentar conseguir un cerco en torno a la enfermedad de Alzheimer. Sin este estudio no podríamos avanzar hacia lo desconocido: su verdadero origen.
En la actualidad no existen pruebas específicas y determinantes que puedan confirmar el diagnóstico de la enfermedad de Alzheimer. Sólo la ciencia se vale de hechos objetivos que, en su conjunto, determinan un cuadro clínico que, con la colaboración del factor tiempo, encajan perfectamente para así poder definir y concretar la existencia de dicha enfermedad.
No debe sorprender que este estudio científico sea muy adaptable para que puedan efectuarse innumerables preguntas. La verdad es que así hemos actuado: planteándonos una hipótesis tras otra. El resultado ya lo conocemos. Pero no nos conformamos con lo anteriormente expuesto. Necesitamos la ayuda filosófica y metafísica. Hay que desmenuzar todo elemento que consideremos interesante para tan difícil y complicada investigación. Mucho hemos dudado en esta investigación. Nos encendía frecuentemente el planteamiento de muy diversas hipótesis. Cierto es que pocas nos convencían plenamente, por no decir ninguna. Todas tenían atisbos de una realidad incuestionable. Pero todas ofrecían claras lagunas.
Por este motivo, las preguntas encierran serias dificultades al ser expuestas en un trabajo científico nuevo, inédito y cargado en muchos momentos de verdadero asombro. La investigación científica es así: se disfruta de forma realmente indescriptible, al observar (con el apoyo de un meticuloso estudio) nuevos elementos que encajan perfectamente en la cadena con unos eslabones bien firmes, sin posibilidad de romperse fácilmente ninguno de ellos.
La enfermedad de Alzheimer constituye para la ciencia un reto envuelto por una fortaleza construida con muros de muy difícil destrucción. Encierra muchos elementos oscuros, con mucha dificultad de ser visualizados con meridiana claridad. Pero tenemos en nuestro poder una fuerte palanca, capaz de derribar esos muros y conseguir disfrutar de nuevos asombros. Esta palanca que obra en nuestro poder, es la causa: la EDAD, las hormonas y la electricidad. Si la electricidad desaparece, puede aparecer la enfermedad. Los elementos que secretan las hormonas cesan en su actividad al faltarle ese fuerte resorte o palanca, es decir, la electricidad. Si esta aparece, las hormonas reaparecen. Ya se han hecho numerosas pruebas con la aplicación del electroshock. Con esta prueba, nos vemos obligados a hacer la siguiente y lógica pregunta: ¿qué sucedería si se consiguiese conectar la corriente motora con los centros vegetativos del SNC? Creemos que el hipotálamo y la hipófisis recuperarían su actividad neuroquímica. Pero, ¿cómo conseguirlo? Las células normales proporcionan su acción trófica sobre los nervios.2 luego entonces, en ellas podría radicar la fuente de energía química que le es imprescindible a todo nervio para mantener de forma constante la energía eléctrica. Es decir, tratar de llevar a la práctica la ley de conservación de la energía. Esta es una de las hipótesis que propugnamos, pero es muy difícil conseguir la recuperación funcional de las energías eléctrica y química en esta enfermedad.
La verdad es que el hipotálamo y la hipófisis no reciben electricidad y esta grave patología repercute inevitablemente en todas las glándulas endocrinas del organismo. Estas dejan de actuar de forma progresiva.
Esa es nuestra personal visión. Escudriñemos en lo más oscuro de lo sospechado. Nuestras sospechas son las que acabamos de manifestar. La investigación es así. Es normal y lógico que en el investigador científico concurra una hipótesis tras otra. Es una locura, pero bendita.
Decía Cajal, que “sin la teoría es imposible labrar honda brecha en el duro bloque de lo real”. Siempre, desde que nos iniciamos en la investigación, nos hemos dado cuenta de las innumerables dudas que se nos iban a presentar. Nos encontramos frente a una labor ciertamente difícil, cargada de múltiples dificultades. Sin embargo, tenemos la esperanza de que, por lo menos, podemos ofrecer ideas nuevas y posiblemente acertadas, portadoras de contenidos creíbles y eficaces. Es la aspiración lógica de todo investigador científico, que de manera totalmente altruista se entrega afanosamente a la lucha sin tregua, para intentar vencer a tan cruel enfermedad. Este es nuestro caso.
Después de estas breves secuencias creemos oportuno y necesario, por interesante, esbozar un breve estudio basado en personales razonamientos, que puedan favorecer y fortalecer la teoría que propugnamos: la teoría electrohormonal. Y que seguidamente exponemos.
TEORÍA ELECTROHORMONAL
Toda investigación científica siempre está dirigida en busca de lo desconocido, de su verdadero origen. Siendo fieles a esta innegable premisa, nosotros decidimos someternos al estudio de dos principales resortes que concurren en la producción del Alzheimer, no por su actividad precisamente, sino por su ausencia: la electricidad y las hormonas.
Actualmente se acepta que las hormonas y los mecanismos nerviosos actúan conjuntamente. Ello nos invita a plantear y desmenuzar lo oculto que permanece en la siguiente interrogante: ¿Dónde, por qué y cómo se inicia la enfermedad de Alzheimer?
Lo primero que hemos observado es la ausencia de electricidad; y al faltar ella, las mitocondrias de las células nerviosas cesan de producir la acetilcolina. Esta hormona normalmente es excitante. Por lo tanto, en dicha enfermedad es innegable la ausencia de corriente eléctrica y de ciertas hormonas, de las que más adelante nos ocuparemos.
El mecanismo de la producción de la enfermedad, volvemos a recordar, lo basamos en cuatro puntos: iniciación, evolución, formación y expansión.
INICIACIÓN. Se sabe que la enfermedad aparece en una edad más o menos avanzada. De cuanto conocemos, hemos llegado a la conclusión de que los órganos genitales son los primeros afectados por la edad. Las células de Graaf (femenino) y las células de Leydig (masculino) van disminuyendo progresivamente en su actividad. Pero también las células normales de los parénquimas ováricos y testiculares pueden cesar de proporcionar el imprescindible trofismo a los nervios correspondientes a dichas glándulas secretoras. Estos nervios, que corresponden al parasimpático, van muriendo lenta y progresivamente; llegan al ganglio pélvico con escasa actividad motora (Fig. 2 y 5). Los nervios sacros (pélvicos) que parten del ganglio pélvico conectan con el sacro portando corriente eléctrica cada vez más débil, con menos electrones. Los electrones van desapareciendo y, por lo tanto, la corriente eléctrica también.
EVOLUCIÓN. La débil corriente electromotriz conecta con el sacro. En esta región de la médula se inicia el corredor celular3 que termina precisamente en la parte más alta del sistema nervioso central (SNC): el hipotálamo.3 A lo largo de este recorrido, las células han adquirido un menor potencial eléctrico. En estas condiciones llegan las células del parasimpático a la parte más alta de la central vegetativa, que es donde empieza a desarrollarse la enfermedad de Alzheimer.
FORMACIÓN. La hipófisis se conecta con el hipotálamo a través del tallo hipotalámico (infundíbulo) (Fig. 1). El parasimpático llega a estas dos importantes glándulas incretoras con un potencial eléctrico muy débil, cada vez con menos electrones. Por lo tanto, las acciones químicas se van efectuando con mayor dificultad.
Los centros vegetativos corresponden al parasimpático.3 El tronco encefálico (bulbo raquídeo, puente de Varolio y los pedúnculos cerebrales) representa la zona de transición entre la médula y el cerebro.3 Esta región la atraviesa el corredor celular hasta los centros hipotalámicos que están en la base del cráneo. La central vegetativa se relaciona con el córtex por intermedio del tálamo. Llegado a este punto, el tálamo ya no puede aportar al cerebro la electricidad necesaria para que pueda ejercer sus habituales actividades electroquímicas. El cerebro, pues, tampoco recibe la necesaria electricidad. Los centros vegetativos se quedan prácticamente inactivados.
EXPANSIÓN. En estas condiciones neurofisiológicas se produce una nefasta convulsión electroquímica: el sistema electrohormonal se va inactivando progresivamente, inexorablemente. Al quedar afectados la hipófisis y el hipotálamo, repercute en todo el sistema hormonal del organismo. Así, por ejemplo, la hormona antidiurética (ADH) no llega a la vejiga, provocando inevitablemente una incontinencia urinaria. El tálamo, por otra parte, al no poder aportar corriente electromotriz al cerebro, este importantísimo y vital órgano va perdiendo peso y volumen. El área piramidal de Brodman, las áreas extrapiramidales y el área parapidamidal, que son todas de acción motora, no pueden ejercer sus habituales actividades electroquímicas. Todas estas áreas dejan de recibir corriente electromotriz procedente del tálamo (Fig. 1 y 3). Con el tiempo, las fibras nerviosas se van destruyendo; el cuadro clínico del enfermo va apareciendo cada vez más penoso y ostensible. La necropsia que se ha practicado en el cerebro de estos enfermos, confirma cuanto aquí hemos expuesto.
En la siguiente sección ofrecemos unos razonamientos para intentar consolidar la teoría electrohormonal, una teoría cuyos principales componentes, la electricidad y las hormonas, brillan por su ausencia precisamente.

RAZONAMIENTOS

Creemos que la causa que produce la enfermedad de Alzheimer (EA) es una patología electrohomonal. Sobre ello vamos a exponer nuestros razonamientos. Nos hemos esforzado al máximo de nuestras posibilidades para exponer con suficiente claridad, precisión y exactitud la causa-efectos que concurren en la EA. Toda investigación científica es como una cadena en la que todos sus eslabones están relacionados entre sí, desde el primero al último, sin romperse nunca ninguno de ellos. Normalmente, el primer eslabón que aparece es la desorientación y la alteración de la conducta. La investigación científica sólo debe responder ante sí misma. Únicamente valen los resultados. En este primer eslabón exponemos la importancia que tiene la ausencia de la electricidad en las distintas partes del cuerpo.
En la enfermedad de Alzheimer, la patología eléctricohormonal es el eje principal en torno al cual giran muy distintos efectos. Pero es necesario conocer el factor principal. Hace falta saber con certeza el sujeto (causa) y el predicado. El sujeto es, sin lugar a dudas, la edad, la corriente eléctrica y las hormonas. En la EA, el sujeto deja de ejecutar la acción. Y el predicado es el fenómeno o acciones que acontecen en nuestro organismo como consecuencia de la acción del sujeto. Estos fenómenos (efectos) son los que constituyen la cadena de la EA.
Consideramos al predicado como el atributo de una proposición. La proposición la conceptuamos como el factor de todo principio que se establece y que debe ser demostrado. ¿Lo conseguiremos?
Como hemos visto, procuramos despejar cuantos interrogantes nos hemos planteado, pero hace falta responder a más preguntas. Esta es la constante de toda investigación científica.
Mucho hemos dudado en las distintas facetas que este campo de difícil investigación nos ha propiciado. Somos del criterio de que, si prescindimos del resorte íntimo egoísta que mueve la inteligencia investigadora y consideramos exclusivamente los efectos sociales de cada descubrimiento, la pretensión altruista del investigador se confirma. Así, la investigación beneficiaría de forma positiva a la Humanidad. Qué impresionante, qué maravillosa es la investigación cuando se verifica con entusiasmo, con fe inquebrantable y sin miras egoistas.
El estudio neuro-hormonal ha sido siempre la constante de nuestro trabajo y preocupación. Las reglas abstractas y confusas de la investigación científica resultan siempre infecundas y estériles. La ciencia humana debe descartar como inabordable el esclarecimiento de las causas primeras y el conocimiento del fondo sustancial de lo oculto.
Nos encontramos en una situación difícil y muy delicada. A pesar de ello, no podemos rendirnos ante criterios sin contenidos ciertos y fecundos. Los genios (no nos encontramos entre ellos) difícilmente se doblegan a las reglas escritas. Prefieren hacerlas. Sin darnos cuenta, así estamos procediendo. ¿A dónde llegaremos? Lo ignoramos. Lo que no podemos dudar es que conseguiremos el reconocimiento de toda mente noble que sabe recoger y reconocer un gran esfuerzo puesto al servicio de sus semejantes de forma totalmente altruista.
No existe mayor felicidad en este mundo que encontrarse de frente ante una investigación desconocida. Si el innato investigador no obtiene el éxito que él esperaba (pero sí el reconocimiento), no dejará de ser feliz al reconocerse a sí mismo que ha cumplido con su noble conciencia. Y esta inconmensurable realidad colma de felicidad a todo hombre de bien, ya sea en la ciencia como en cualquier profesión donde debe predominar el ingenio. Nunca nuestro saber es completo; tan fragmentado es, que, aún en los temas más prolijamente estudiados, surgen probablemente insólitos hallazgos. Por lo tanto, “no debemos menospreciar un trabajo, por muy poco científico que nos parezca; siempre nos aportará algo nuevo, aunque sea poco, porque delante de nosotros está siempre el infinito” (Saint-Hilaire).
La ciencia parte siempre desde lo desconocido. Se crea, pero nunca está creada. ¡Cuántos hechos, al parecer triviales, han conducido a ciertos investigadores adecuadamente preparados por el conocimiento de los métodos, a grandes conquistas científicas! ¿Nos encontramos nosotros poseídos de esa privilegiada virtud? Lo único en lo que sí podemos estar convencidos es que contamos con una base sólida: el conocimiento de importantes factores que concurren en la enfermedad de Alzheimer. No nos consideramos, pues, poseedores del cinturón de los grandes científicos, pero nos sentimos muy fortalecidos por la fe que constantemente nos invade. Los grandes investigadores suelen decir que “no hay cuestiones pequeñas; las que lo parecen son cuestiones grandes no comprendidas”.
Las empresas científicas, más que vigor intelectual, exigen severa disciplina de la voluntad y del querer hacer. Hemos tratado de conseguir unos fines que, siéndonos inciertos, no se pierden ni un ápice del mérito ya contraído. Muchas veces, el hombre de ciencia ofrece los caracteres mentales del inadaptado; mora en un plano superior de humildad, desinteresado de las pequeñeces y miserias de la vida material. Así nos encontramos ante una evidente felicidad, que sólo puede ser narrada por el fervor interior bien arraigado. En este sentido, las palabras pierden fuerza emotiva. Sólo valen los hechos.
Cuando se inicia un trabajo de investigación científica, como en la enfermedad de Alzheimer, es porque se dispone de suficiente conocimiento para embarcarse en tan difícil misión. Siempre hemos empleado el sentido común. Creemos que todo aquello que el sentido común ve como real, es real. El sentido común y el conocimiento deben fundamentarse en la experiencia. Cuando un determinado número de hechos parecidos que aparecen en los dos sistemas (el central y el vegetativo) se dan en torno a una misma causa (electro-hormonal), sucede que esos hechos están en conexión con el mismo eje del que dependen esos hechos; hechos y fundamentos que anteriormente se han comentado.
Todos los efectos que conocemos en la enfermedad de Alzheimer parten, sin lugar a la menor duda, de los centros vegetativos ya mencionados. La causa principal no puede ser otra que las disfunciones del hipotálamo y de la hipófisis.
La causa es la suma o el conjunto de todas aquellas circunstancias cuya existencia nos hace pensar como existente, un determinado efecto, y cuya ausencia total o parcial hace que no podamos pensar que este efecto exista. Esta definición viene a englobar, a encajar perfectamente con las observaciones, teoría, pruebas y los apuntes que aquí se han reflejado. Todo viene siendo coincidente y cuando todos los resortes de una cadena encajan adecuadamente, dicha cadena es válida y firme.
Los principios de la ciencia no son objeto de los sentidos ni de la imaginación. El entendimiento y la razón son los únicos guías seguros de la verdad. Si investigamos cuál es la naturaleza de todas nuestras conclusiones acerca de los hechos que suficientemente creemos haber aportado, vemos que todas ellas se remontan, en última instancia, a la relación causa-efecto. Así investigamos la enfermedad de Alzheimer.
Desde el punto de vista lógico, sería igualmente legítima y admisible la vinculación de una causa concreta cualquiera con cualquier efecto, fuera el que fuese, y frente a esto, es la experiencia la única que puede poner coto y levantar una barrera fija. En este trabajo se podrá observar y comprender las enormes dificultades que siempre y en todo momento se han presentado a cuantos han intentado romper esa barrera. ¿Lo conseguiremos nosotros?
La justificación de nuestras conclusiones causales no puede basarse ni en el razonamiento lógico ni en la experiencia misma; sólo nos sirven como orientación razonada. Para poder encontrar una conexión necesaria cualquiera, habría que poner de manifiesto un medio, el eslabón de un concepto intermedio que sirva de enlace. En este caso concreto, es nuestra propia electricidad y las hormonas. La electricidad (por defecto) y las hormonas (por disfunción) constituyen el enlace entre la edad con la que aparece la enfermedad y todos los efectos que ya se conocen.
Siempre se tiene en cuenta la causa-efecto. Es la pauta en la que siempre nos fijamos para construir una plataforma firme, desde la cual tratamos de enlazar todos los eslabones (efectos observados) uno por uno y sin fisuras posibles. Hay que asegurarse que todos los efectos (eslabones) corresponden fielmente a la misma causa, que en la enfermedad de Alzheimer es el mecanismo neurohormonal.
¿Cómo se demuestra que todos los efectos observados corresponden a una misma causa? Muy sencillo: intentar recuperar la supuesta causa; y toda la patología dependiente de ella debe volver a su normal funcionamiento. ¿Y si no podemos restablecer el normal funcionamiento del factor neurohormonal? Lógicamente, los efectos permanecerán, incluso aumentando su perniciosa actividad.
Indudablemente, en el estudio de la enfermedad de Alzheimer, aparte de constancia y tesón, hace falta una importante pincelada: ser creativo. La imaginación creadora es una operación constructiva, por medio de la cual ingresa al mundo una nueva entidad conceptual y lo enriquece. Ninguna ciencia y ninguna técnica es posible sin imaginación creadora.
En el científico, así lo creemos, la intuición es acertada si cuenta con la suma de otros valores asociados a la mente intelectual. Estos otros valores a los que acabamos de referirnos, deben ser coincidentes con otros atributos que anteriormente se han mencionado. El científico, debe poseer otros elementos de juicio para poder llegar al fin que se persigue. Si no es así, lo más seguro es que el duro camino a recorrer en la investigación sería un rotundo fracaso.
En nuestro caso, se habrá observado cómo nuestra electricidad y las hormonas van coordinando todos los eslabones que forman la cadena de la teoría. El estudio no se acaba nunca. No se eliminará una hipótesis si no se presentan buenas razones para ello. Pero la hipótesis nunca ganará terreno en el campo científico si carece de los suficientes elementos conceptuales para apoyarla y defenderla adecuadamente.
Bacon y Descartes instauraron a la observación y a la razón como nuevas autoridades y las instauraron como tales dentro de cada hombre. A nosotros, la observación y la razón nos han servido de un formidable punto de apoyo para agitar y sacar a la luz unos conocimientos que permanecían y permanecen aún en la más inquietante penumbra. Intentamos apoyarnos en la epistemología y en todos los elementos conceptuales que nos han favorecido para ver con mayor claridad y optimismo la finalidad que perseguimos.
Según Popper, en la epistemología hay que tener en consideración, entre otros, los siguientes puntos:
1) Debe darse la bienvenida a toda fuente y a toda sugerencia. Y toda fuente, toda sugerencia, deben ser sometidas a un examen crítico.
2) La epistemología adecuada no se refiere a las fuentes, más bien preguntamos si la afirmación hecha es verdadera, es decir, si concuerda con los hechos.
3) En conexión con este examen puede tener importancia todo tipo de argumentos.
4) Tanto cuantitativa como cualitativamente, la fuente más importante de nuestro conocimiento es la tradición.
5) Toda parte de nuestro conocimiento tradicional es susceptible de examen crítico y puede ser abandonada.
6) El conocimiento no puede partir de la nada ni tampoco de la observación. El avance del conocimiento consiste principalmente en la modificación del conocimiento anterior.
7) Las epistemologías pesimistas y optimistas están igualmente equivocadas. La verdad se halla oculta en las profundidades, como decía Demócrito. También es cierto que podemos sondear las profundidades. La oscuridad y la confusión pueden indicar el error. La coherencia no basta para establecer la verdad, pero la incoherencia y la inconsistencia permiten establecer la falsedad.
8) Ni la observación ni la razón son autoridades. La intuición intelectual y la imaginación son muy importantes, pero no son confiables: pueden mostrarnos muy claramente las cosas y, sin embargo, conducirnos al error. La función más importante de la observación y el razonamiento y aún de la intuición y la imaginación, consiste en contribuir al examen crítico que esas audaces conjeturas que son los medios con los cuales sondeamos lo desconocido.
9) Aunque la claridad es valiosa en sí misma, no sucede lo mismo con la exactitud y precisión.
10) Toda solución de un problema plantea nuevos problemas sin resolver y ello es tanto más así cuanto más profundo era el problema original y más audaz la solución.
El filósofo austriaco Karl Popper (1902-1994) nos ha legado una inmensa riqueza filosófica que, cuantos nos dedicamos a la investigación científica, no sabemos, no encontramos palabras para manifestarle nuestro más profundo y sincero agradecimiento. Los diez puntos que nos ha dado a conocer, resumen con una clara visión y contundencia que no hay posibilidad de rehuir. Es poseedor de una amplia obra epistemológica, difícil de superar.
Los diez puntos que acabamos de anotar, nos han parecido que están repletos de veracidad. La verdad está siempre por encima de toda autoridad humana. Y debemos conservarla, pues sin esta idea no puede haber patrones objetos de la investigación, ni críticas de nuestras conjeturas, ni tanteos en lo desconocido, ni búsqueda del conocimiento. Siempre hemos basado nuestro trabajo de investigación en lo exigible, en las primeras observaciones, en los hechos, razonamientos, deducciones, hipótesis, teoría y pruebas. En estas, principalmente. En buena Filosofía, toda deducción que tiene por base los hechos o las verdades reconocidas, es preferible a la que no se apoye más que en las hipótesis, aunque estas sean ingeniosas. Ya hemos expuesto nuestras hipótesis, reconociendo nosotros mismos su inconsistencia a pesar de contener loables razonamientos.
En nuestro esfuerzo de investigación siempre hemos perseguido lo esencial; el origen, sin paliativos. ¿Es suficiente cuanto aquí se ha expuesto? Nunca debemos mostrarnos totalmente convencidos, a no ser que un tribunal científico competente nos lo niegue o lo dé por bueno.
Desde un principio, hemos procurado ajustarnos a cuanto nos es exigible por las reglas, a no desviarnos de ninguna de sus materias. Todas ellas guardan o deben guardar una perfecta conexión. Son como los eslabones que forman parte de una sólida cadena, con un perfecto ajuste y una adecuada conexión. La verdadera investigación científica debe atenerse a estos principios. Cuando un solo eslabón de la cadena no mantiene una perfecta conexión con el primer eslabón observado, hay que pensar en que se ha errado. Hay que buscar el perfecto ajuste.
En nuestro trabajo, ha imperado mucho la razón y la imaginación. Si colocamos la razón antes que la imaginación, es porque este orden nos parece bien fundado y conforme al progreso natural de las operaciones de nuestro espíritu. Sin la razón y sin la imaginación, asociadas a una adecuada reflexión, no es posible estar en posesión de la capacidad creativa. En la investigación que nos ocupa, hemos demostrado que hemos razonado muy pacientemente. La mente ha permanecido en todo momento imaginando y buscando los mejores y más firmes fundamentos para crear una creíble teoría. Ya la tenemos. ¿Qué nos falta para culminar aceptablemente nuestra difícil misión? Si lo supiésemos, todo lo tendríamos resuelto.
¡Cuántas y óptimas cualidades precisa tener el buen investigador! Hemos procurado aferrarnos a ser realistas, con fe y entusiasmo, sin decaer en ningún momento. Desenvolviéndonos así, la investigación, lejos de resultarnos como una pesada carga, ha sido el más hermoso vínculo para conducirnos hacia la mayor felicidad de que pueda gozar el ser humano.
Nuestro modo de trabajar ha sido pensar sin dejar de reflexionar; relacionar unos hechos con otros, y todos ellos que estén relacionados por un mismo vínculo. En la investigación científica, somos conscientes de que por muchos experimentos que se aporten, con frecuencia no suelen ser suficientes si todos los elementos conceptuales que se exponen no van asociados de forma rigurosa con los correspondientes aditamientos filosóficos, metafísicos y pruebas irrefutables. En este estudio, el Método que empleamos para la investigación, la Teoría y las Pruebas, nos ha ayudado mucho para hacer más comprensible y convincente esta investigación, que, dicho sea de paso, está repleta de múltiples dificultades.
Nuestra vía de investigación la iniciamos siguiendo los preceptos metafísicos, es decir, buscar la causa o causas que puedan dar origen a la temible enfermedad de Alzheimer.
Empecemos por la edad. Se han descrito numerosas epidemiologías por cualificados investigadores. Todas ellas coinciden en que la edad avanzada es el factor común y esencial. Y, a mayor edad, mayor porcentaje de padecer dicha enfermedad, que suele aparecer casi por igual en ambos sexos.
La lógica nos dice, y nos hace recordar, que con el tiempo todo envejece. Nuestra maquinaria humana no puede ser una excepción. Y dentro de este envejecimiento tenemos a los centros vegetativos del sistema nervioso central (SNC), especialmente a las pequeñas glándulas endocrinas, hipófisis, hipotálamo e hipocampo. Estas glándulas, al ir envejeciendo lenta y progresivamente, van aumentando su correspondiente disfunción. Cuando estas disfunciones son bastantes acusadas y ostensibles, los efectos son demoledores.
Anteriormente ya hemos expuesto (incluso de forma reiterativa) dónde, por qué y cómo se inicia la enfermedad. Todos los cuadros clínicos que se conocen se basan en secuencias derivadas de una misma etiopatogenia. De aquí, que surja la teoría electrobioquímica o electro-hormonal.
A pesar de ello, aún no existe un medio específico para poder hacer en vida un ajustado y preciso diagnóstico: sólo nos vale el estudio necrópsico. Pero la reflexión, la lógica, incluso en sentido común, nos ayudan a conocer con certeza el lugar y los elementos que los ocupan. Junto a estos elementos, hay que mencionar al sistema nervioso parasimpático, que está íntimamente ligado al sistema nervioso central.3 Los centros vegetativos del tronco cerebral corresponden también al parasimpático. De aquí que su patología influya en las actividades químicas de las tres glándulas mencionadas.
Al disminuir ostensiblemente la corriente motora en el cerebro, quedan afectadas todas sus áreas motoras: área 4 de Brodmann, el área motora parapiramidal, áreas extrapiramidales y el área motora extrapiramidal de las fibras temporopónticas (fascículo de Turck-Meynert) (Fig. 3). También queda afectado el hipocampo. De las células de este, salen fibras que dan lugar a un sistema conocido como fórnix (forma de arco), que se conecta con el hipocampo del otro hemisferio y, especialmente, con los tubérculos mamilares y los núcleos habenulares. Es un componente funcional importante del sistema límbico.

CONJETURAS

En toda investigación científica, cuando el origen del mal es desconocido, es normal y lógico que se promulguen y se prodiguen muy distintas hipótesis.
Las hipótesis, son como unas excelentes pinceladas pictóricas en cuyo cuadro aparecen también puntos oscuros, indefinibles. Toda hipótesis que presente carencia de dudas debe ser aceptada y profundizar en ella hasta encontrar el punto que sea capaz de determinar el origen de un determinado proceso con la máxima claridad y precisión.
Para demostrar el origen de una determinada enfermedad hay que encontrar la causa. La causa se demuestra definitivamente cuando al desaparecer el factor causante, desaparecen todos los efectos que de ella dependen. Sin electricidad, como se sabe, no hay acciones químicas. En cambio, cuando la causa vuelve a reaparecer, los mismos efectos brotan nuevamente. Como un ejemplo de ello recordamos aquí a los hemipléjicos: presenciamos varios casos de hemiplejía en los que desaparecieron todas las hiperqueratosis que padecían. Hemos visto con asombro cómo reaparecían las mismas hiperqueratosis en estos enfermos al conseguir mediante un adecuado tratamiento la recuperación funcional de la extremidad afectada. La corriente electromotriz ha vuelto a recuperar su normal neurofisiología. El ejemplo es sencillo, pero no exento de importancia científica. Este proceso lo consideramos como una buena prueba. Las células gliales han vuelto a ser excitadas.
¿Qué sucedería si se consiguiese la recuperación neurofisiológica en el diencéfalo (hipotálamo y tálamo) y en la hipófisis? Ante esta pregunta, no vemos nada más que una respuesta: sucedería lo mismo que en el caso de los hemipléjicos o parapléjicos.
Las aplicaciones del electroshock (electrochoque) que se han dado y publicado, han demostrado que todos los enfermos experimentaron una mejoría; pero una mejoría transitoria, de poca duración, mientras surtían los efectos provocados por la aplicación eléctrica exógena. Al durar breve tiempo la electricidad, la mejoría es también breve.
Los centros hipotalámicos constituyen un conjunto de importancia primordial. Quizá el más importante de todos los centros vegetativos, de los que anteriormente hemos hecho referencia.
Existen numerosas células vegetativas en las regiones subtalámicas posteriores3, lo que demuestra una vez más las relaciones que existen entre el vegetativo y el SNC. Por sus conexiones, el diencéfalo vegetativo desempeña una actividad de coordinación sobre el conjunto de los centros subyacentes. 3
Por lo tanto, se puede concebir que el diencéfalo vegetativo represente la central vegetativa relacionada con el córtex por el intermedio del tálamo, con el tronco encefálico y los elementos neuroendocrinos (neurohipófisis y glándula pineal). (Fig. 4)
Hecha esta breve descripción neurofisiológica, nos inclinamos a plantear con la máxima sencillez y claridad posible cuantos conceptos consideremos interesantes y viables, y que a continuación exponemos con los fundamentos científicos.

FUNDAMENTOS CIENTÍFICOS FINALES

En la enfermedad de Alzheimer, como en el cáncer y otras muchas enfermedades, el sistema nervioso tiene una indiscutible y poderosa influencia. En esta patología, sólo nos interesa la neurofisiología del parasimpático. ¡Atención al parasimpático!
Las terminaciones nerviosas del parasimpático correspondientes a los aparatos genital y urinario, no reciben de sus células la aportación química necesaria para que esta sea transformada en energía eléctrica. Es decir, que las células de dichos órganos no pueden nutrir a los nervios que de ellos parten. Y cuando un órgano, incluido el nervio, no se alimenta, ese órgano se va desnutriendo de forma lenta y progresiva. Aquí podríamos aplicar el “principio de Mayer” que consiste en el “principio de la conservación y transformación de la energía”. En este caso concreto podría afirmarse que “si no hay energía química, no hay energía eléctrica ni mecánica”.
Ateniéndonos a este principio vemos cómo se produciría dicha enfermedad: los nervios del parasimpático, que son mixtos, conducen su electricidad por vía sacra (Fig. 2 y 5); y a través de las fibras de asociación medular (corredor celular) conectan con el bulbo raquídeo. Del bulbo raquídeo, la electricidad pasa por el puente de Varolio y pedúnculos cerebrales; y de aquí, a todos los centros vegetativos del sistema nervioso central (SNC). Y a este proceso hay que sumarle el factor edad, que es la principal causa.
Como la desnutrición nerviosa va en aumento, los nervios pierden su energía conductora. La intensidad eléctrica va disminuyendo lenta y progresivamente; la hipófisis y el hipotálamo van padeciendo de unas disfunciones cada vez más alarmantes, hasta el extremo de que su inactividad funcional repercute tanto en el sistema neurovegetativo como en el SNC.
La hipófisis y el hipotálamo que forman parte del vegetativo están situados en el sistema nervioso central, es decir, en el encéfalo (Fig. 1 y 4). Por ello, no es de extrañar que el tálamo, al no recibir electricidad procedente del parasimpático, no puede aportar al cerebro la corriente eléctrica que recibe directamente de los centros vegetativos del SNC. El cerebro, por tanto, queda también afectado. Y de aquí se derivan otras patologías que entran dentro del cuadro clínico del Alzheimer.
Las neuronas del parasimpático, como las del simpático, pueden también depender de sus células diana para sobrevivir.2 Necesitan el apoyo de otros factores neurotróficos relacionados. Los factores neurotróficos tienen un importante papel en la supervivencia neuronal.2 Varios factores neurotróficos se han identificado hasta el momento, entre ellos, el factor neurotrófico derivado del encéfalo, la neurotrofina 3, que facilita la supervivencia neuronal. 2
Sospechamos, pues, que la falta de electricidad en la glándula hipofisiaria y en el hipotálamo puede radicar en el punto de origen del parasimpático o en el punto diana encefálico. Y esta falta de electricidad puede verse facilitada por una disfunción hormonal que puede aparecer en la edad adulta y en la senectud de ambos sexos.
Para poder demostrar cuanto acabamos de exponer, consideramos valiosa y efectiva la técnica del patch-clamp. Esta técnica es un refinamiento de la técnica de fijación de voltaje, que fue desarrollada por Edwin Neher y Bert Sakmann.2 Estos investigadores y muchos otros han utilizado la técnica del patch-clamp para estudiar los tres tipos principales de canales iónicos: los activados por voltaje, los activados por neurotransmisores y los activados mecánicamente.2
Mediante la técnica de fijación de voltaje se podrá demostar la posible ausencia de voltaje celular en los nervios parasimpáticos que parten de la vejiga y genitales. Estos nervios conectan con el ganglio pélvico y se dirigen a los nervios sacros (pélvicos). (Fig. 2)
Esta prueba puede ser confirmada fácilmente. Bastaría, posiblemente, con comprobar el grado de excitabilidad celular del túbulo de la vejiga urinaria y de los genitales. Y también el voltaje de sus respectivas células musculares mediante la técnica del patch-clamp.
¿Es válida esta última hipótesis? Ya sabemos la importancia e inconvenientes de las hipótesis. No basta con razonar, pensar y reflexionar. Hay que ahondar en la oscuridad de lo desconocido, pero partiendo siempre de una base sólida. Esta base la encontramos en hechos clínicos, en una serie de efectos que permanecen encadenados unos con otros, y mantener todos ellos la misma relación con la causa que los ha producido. O sea, que si la causa es recuperada funcionalmente, todos los efectos tienen que reaparecer, sin fallar un solo eslabón (efecto). Ejemplo: el de la hemiplejía y paraplejía que ya hemos comentado.
Primeros síntomas observados: torpeza al caminar; cometer errores en cosas sencillas y habituales; de ser una persona ordenada, pasar a caer en el desorden… y así otra serie de pequeños fallos que empiezan a extrañar a quienes conviven con la persona afectada. Pero todos estos primeros síntomas obedecen al mandato del cerebro. Luego el primer eslabón observado corresponde al cerebro. ¿Por qué falla este importante y vital órgano? Sólo vemos una causa: al cerebro no le llega la electricidad procedente del tálamo y de los centros vegetativos del SNC. Al faltar la electricidad, la habitual actividad química cerebral se ve alterada, perturbada.
Entramos ahora en una fase muy interesante que seguidamente exponemos.
En la enfermedad de Alzheimer, hemos visto la importancia que tienen los dos sistemas: el hormonal y el nervioso. En dicha enfermedad, la patología hormonal produce en nuestro organismo un terrible mal, que hasta hoy ha resultado imparable. En tal sentido, y por su indudable importancia, creemos oportuno poner al descubierto sucintamente, la gran cantidad de hormonas que quedan paralizadas en su actividad al no recibir la imprescindible colaboración de nuestra electricidad y el consiguiente fallo en los centros vegetativos del sistema nervioso central.
Quedan afectadas las hormonas de la hipófisis posterior. Estas tienen una función antidiurética. Son sintetizadas en las células neuronales de los núcleos hipotalámicos1 y se almacenan en las terminaciones de las células nerviosas de la neurohipófisis1, para ser liberadas cuando sea necesario. La hormona antidiurética (ADH) que es segregada por el núcleo supraóptico del hipotálamo1, es almacenada en la hipófisis posterior1 y liberada según la necesidad por los osmos (impulsos) receptores de dicho núcleo1. Tiene un efecto específico sobre las células epiteliales de la porción distal del túbulo urinario. En la enfermedad de Alzheimer, como vemos, todo cuanto acontece en el sistema nervioso hormonal, repercute en el sistema nervioso y viceversa.
Todos estos procesos hormonales quedan paralizados al quedar suprimida la corriente electromotriz. De la misma forma que las extremidades afectadas por una hemiplejía, paraplejía, etcétera, carecen de toda actividad química y energía motora, en la enfermedad de Alzheimer, al no existir electricidad, quedan anuladas también todas las acciones estimulantes y excitantes que generan las hormonas hipofisiarias y las hipotalámicas anteriormente descritas.
Al desaparecer la actividad eléctrica en los nervios del parasimpático, es lógico que afecte a la hipófisis y al hipotálamo. La imprescindible actividad bioquímica de estas dos importantes glándulas queda suprimida irremisiblemente por la ausencia eléctrica. Los efectos son fulminantes: su grave patología se extiende ampliamente por todo nuestro organismo. ¡Qué importante es para nuestro organismo estar poseído de un mapa eléctrico bien armonizado! Si se excede, malo; si falta la electricidad, ya lo hemos visto. Cuidemos al máximo que sea posible nuestra fisiología neuronal.
Estos han sido nuestros razonamientos y fundamentos científicos que pueden contribuir a la implantación de un método de estudio, emparejado con la teoría y pruebas que hemos aportado. Mediante este planteamiento utilizado, sinceramente, creemos haber aportado suficientes elementos conceptuales, tratando de demostrar por qué y cómo se produce tan cruel cuadro clínico. Una prueba definitiva y concluyente sería recurrir a la técnica de patch-clamp aplicada al nervio parasimpático sacro, para demostrar si dicho nervio porta o no corriente eléctrica.
Estas han constituido nuestras “armas” para tratar de combatir y dar a conocer la verdadera “Etiopatogenia de la enfermedad de Alzheimer”.

FIGURAS

BIBLIOGRAFÍA

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12.   ORTUÑO ORTIN M.; Física para Biología, Medicina, Veterinaria y Farmacia. 1ª edición. Páginas 331, 361, 362, 369, 370, 377, 380, 399-401. Editorial Hurope, S.L. (1996).
13.   PAUL A. TIPLER; Física para la ciencia y la tecnología. 4ª edición. Vol.2. Electricidad y Magnetismo. Páginas 1064-1066. Editorial Reverté, S.A. Barcelona (1999).
14.   THOMAS M. JESSELL y Cols.; Páginas 115.
15.   DICCIONARIO CIENCIAS MÉDICAS; Editorial El Ateneo, S.A. Barcelona; 8ª edición (impreso en Argentina, 1988).
16.   GONZÁLEZ MÁS, R.; Enfermedad de Alzheimer; Editorial Masson. Barcelona (2005); 4ª edición. Páginas 1-4, 8, 9, 27, 28, 36, 63-65, 67, 68, 70-72, 75-77.
17.     GONZÁLEZ BARÓN, M.; Oncología Clínica. Edit. Mono Comp. S.A., 2ª edición (1998).

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Cáncer, escleroris múltiple y alzheimer. Etiopatogenias. Tratamientos

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